Amigos en Cristo, gracia y paz para ustedes en el nombre de Jesús, nuestro consuelo y nuestra salvación.
Mientras he observado los acontecimientos desarrollarse en las Ciudades Gemelas y nuestro estado, el asesinato de Renee Good y el ataque indiscriminado e irresponsable de vecinos inmigrantes por parte de ICE y el Departamento de Seguridad Nacional, la historia de Jesús visitando la tumba de su amigo Lázaro no para de resonar en mis oídos (Juan 11). El grito de María y Marta, “Señor, si hubieras estado aquí…” y el profundo dolor y llanto de Jesús por su amigo resultan especialmente resonantes.
Yo también lloro por nuestras propias ciudades y comunidades en el Sínodo del Área de Minneapolis y en todo Minnesota. Lloro por Renee Nicole Good y su familia, y lloro por todos los que han sido afectados por las acciones escalofriantes de ICE en nuestra comunidad: familias inmigrantes con temor y separadas que enfrentan decisiones imposibles, niños que han sido testigos a la violencia, vecinos negros y latinos injustamente perfilados, líderes congregacionales y vecinos de cada dia que luchan por responder a una crisis sin precedentes.
El pasado domingo celebramos el bautismo de Jesús y recordamos nuestra propia identidad bautismal como amados de Dios. Con esta el amor de Dios viene la dignidad inherente, el conocimiento de que cada persona lleva la imagen de Dios y el poder de elevar el bien común y el amor al prójimo. En ese espíritu, pedimos justicia y rendición de cuentas. Pedimos una investigación exhaustiva e imparcial sobre la muerte a tiros de Renee Good, y pedimos a ICE que cese su oleada cruel y abandone nuestro estado de inmediato. Hacemos un llamamiento a nuestros miembros del Congreso para que responsabilicen a la Administración y ejerzan sus poderes de supervisión. Hacemos un llamamiento a nuestros líderes locales, tanto a nivel estatal como municipal, para que hagan todo lo posible por proteger a cada habitante de Minnesota del acoso ilegal y la persecución por parte de ICE. Hacemos estos llamamientos de acuerdo con las Escrituras, la doctrina social de nuestra iglesia y las resoluciones de nuestro Sínodo.
En medio de todo esto, estoy agradecida, orgullosa y animada por la forma en cual los vecinos de nuestro Sínodo se han apoyado el uno al otro mediante ayuda mutua, actuando como observadores en la calle y sumando voces a vigilias y llamamientos por justicia. Gracias. Estamos mostrando al mundo cómo es liderar con amor, confiar en que somos mejores juntos y proclamar nuestra esperanza de justicia. Sabemos que la persecución de nuestras comunidades continuará y probablemente incluso se intensificará. En este momento, debemos seguir confiando unos en otros, para mantenernos arraigados en la resiliencia de la comunidad, el poder de la oración y la esperanza de Dios.
Confiamos en que a través de Jesús, Dios se acerca a nosotros en nuestras alegrías y sufrimientos, en la encarnación que proclamamos en la Epifanía y en la cruz hacia la que caminamos en Cuaresma. Pero la muerte no tiene la última palabra. Nuestra historia, arraigada en Cristo, es una historia de resurrección. Recordamos que mientras Jesús lloraba por su amigo Lázaro, también lo llamó de la tumba a la vida de resurrección. Amados, los acontecimientos de estas últimas semanas no son el final de nuestra historia. Nos mantenemos firmes en nuestra fe de que la justicia es más fuerte que la injusticia, que la comunidad es más fuerte que la división y que el amor es más fuerte que la crueldad. Tenemos esperanza de que nuestro llanto se transforme en resurrección, y que, como los que están junto a la tumba de Lázaro, nosotros también lleguemos a “… ver la gloria de Dios.”
En Cristo,
Obispa Jen Nagel
